Escuché a mi esposo pedir que me cremaran lo antes posible. El problema es que yo todavía estaba viva.

No podía mover ni un solo dedo. Mi cuerpo estaba congelado sobre esa plancha de metal frío en la morgue.
Pero escuchaba todo. Cada maldita palabra.
La puerta de la sala se abrió y unos pasos pesados resonaron en el lugar. Era él.
El hombre con el que dormí durante diez años se detuvo justo a mi lado.
—Doctor, ¿ya puede firmar la cremación? —preguntó.
Su voz sonaba tan tranquila, tan fría. Ni siquiera se molestó en fingir tristeza.
El médico dudó un segundo. Le pidió que saliera al pasillo, excusándose con que todavía tenían que terminar el procedimiento para abrir mi cuerpo.
Yo quería gritar con todas mis fuerzas. Quería levantarme y decirle al doctor que todo era una mentira, que mi propio marido me había puesto algo en la bebida esa misma mañana para sacarme del camino.
Pero mi boca no respondía. Estaba atrapada dentro de mí misma.
Cuando escuché el golpe seco de la puerta al cerrarse detrás de mi esposo, sentí que la adrenalina me golpeaba el pecho. El doctor se inclinó sobre mí, acomodándose los guantes.
Con las fuerzas que no tenía, abrí los ojos de golpe.
El pobre médico dio un salto hacia atrás, ahogando un grito.
—¡Shhh! —le susurré, sintiendo cómo me raspaba la garganta—. No diga nada. El hombre que me envenenó está detrás de esa puerta.
El doctor se quedó completamente blanco, temblando. Miró hacia la puerta, luego me miró a mí, y lo que me dijo a continuación me dejó más helada que la propia muerte…
Continuación en los comentarios.
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